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Colonia Tabacalera, semilla de la revolución

Colonia Tabacalera, semilla de la revolución

Colonia Tabacalera, semilla de la revolución
noviembre 27
11:05 2016

La intensa relación entre Fidel Castro Ruz y Ernesto Guevara de la Serna comenzó hace más de 61 años en un inmueble de la Ciudad de México, por los rumbos de la Plaza de la República.

El 21 de septiembre de 1954, El Che entró a México por Tapachula, Chiapas, y llegó a la capital del país, donde trabajó como fotógrafo y laboratorista.

Meses antes el argentino había conocido en Guatemala a la peruana Hilda Gadea, quien a la postre se convirtió en su esposa. Con ella vivió en un departamento de la calle Nápoles, colonia Juárez.

En esos días Guevara asistía de oyente a las clases que Jesús Silva-Herzog impartía en la Escuela Nacional de Economía, en la recién inaugurada Ciudad Universitaria.

Era la época en la que la Ciudad de México albergaba a William Burroughs y Jack Kerouac, dos referentes de la Generación Beat; el activismo de Diego Rivera estaba en su apogeo; Octavio Paz destacaba como poeta y Juan Rulfo preparaba Pedro Páramo. Era posible atravesar la entonces naciente megaurbe a pie, en sólo mediodía.

Para el 7 de julio 1955 Fidel arribó a México entrando por Mérida y luego Veracruz. Se estableció en la capital con otros cubanos que habían intentado, años atrás, el primer movimiento en la isla contra Fulgencio Batista. Entre ellos estaba su hermano Raúl, actual presidente de Cuba.

Guevara tenía contacto con el grupo de rebeldes y por eso conoció a Castro ese mismo mes en el departamento de María Antonia González, en la calle José de Emparan 49, colonia Tabacalera, donde una placa develada en 2014 por autoridades locales lo indica.

De acuerdo con Dagoberto Rodríguez Barrera, embajador cubano en México, en las escuelas de la isla se relata que en ese lugar Raúl presentó a su hermano a Guevara. En ese encuentro ambos hablaron por diez horas de manera interrumpida. Ése fue el tiempo que le tomó a El Che decidir unirse a la expedición que los barbudos habría de hacer para derrocar a Batista.

Vivían de aportaciones que les mandaban simpatizantes desde Cuba y cambiaban constantemente de residencia para evitar ser detectados por la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la policía política mexicana.

Otras propiedades donde se reunían eran la del matrimonio de Orquídea Pino y Alfonso Gutiérrez, en San Ángel, y una casa de la calle Penitenciaría, en la colonia Morelos.

Los planes de los rebeldes sufrieron un golpe cuando el 20 de junio de 1956 Castro fue arrestado por la DFS en Polanco, en un operativo encabezado por el hoy fallecido Fernando Gutiérrez Barrios. Los demás cayeron después.

En sus días de encierro clandestino en una casa de seguridad de la calle Miguel E. Shultz, colonia Santa María la Ribera, algunos de los detenidos fueron torturados por Arturo Durazo, quien llegó a ser jefe de la policía capitalina.

El expresidente Lázaro Cárdenas intercedió para que paulatinamente fueran liberados, y ya de vuelta en la calle el grupo tuvo oportunidad de entrenarse en los cerros del rumbo del Chiquihuite y en Coyoacán antes de internarse en el Rancho Santa Rosa, ya en el Estado de México.

EL ENTRENAMIENTO

En 2011, Nazario Rivas era un anciano que apenas escucha. Ocasionalmente se sentaba tras el mostrador de su tienda El Progreso, en Ayotzingo, Chalco.

Un día recordó para Excélsior que de niño llegaban de vez en cuando al negocio hombres de barba crecida, requemados por el sol, flacos, con gorras café. Compraban  comida, cuerdas o velas.

Era la época de calor de 1956. al poblado se llegaba atravesando el inmenso páramo polvoroso que quedó del lago de Chalco; o bien, ir de pueblo en pueblo a través de Tláhuac y Milpa Alta.

El entrenamiento de los rebeldes se realizaba en el cerro Ayaquemetl, en un rancho de Erasmo Rivera Acevedo.

Isabel, su hija, había conocido a Fidel en un salón de baile y fue ella quien les dijo que para sus “ejercicios” podían utilizar la propiedad abandonada.

El rancho estaba al pie del corredor del Chichinautzin, con orografía similar a la que los barbudos encontrarían en la Sierra Maestra.

En el casco pasaban algunas noches y practicaban tiro o lucha cuerpo a cuerpo en la sierra, en cursos impartidos por Alberto Beyo, un veterano de la Guerra Civil Española. El trabajo se intensificó en junio con largas caminatas, jornadas nocturnas guiados por las estrellas, reconocimiento de terreno, etcétera.

Tras unos meses, los guerrilleros partieron por separado en corridas de autobús hacia Tuxpan, donde Antonio del Conde, quien les había surtido armas, les proveyó el Granma, un yate modificado para aumentar su aforo. La nave zarpó la madrugada del 25 de noviembre de 1956 rumbo a Cuba.

Dos años y treinta y seis días después, Castro y Guevara entraron triunfantes en La Habana como líderes de una revolución que marcó a fuego la segunda mitad del siglo 20.

excelsior

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Carlos M.

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